Lóbregas y desalentadoras emociones.

Log 05. ¡¡Jódete, jódete!!

Y entonces arremetió contra ella, profiriendo un escalofriante alarido de rabia y desesperación. Ella a su vez chilló, pero fue un grito de sorpresa y terror. El rostro de él estaba totalmente desquiciado: siguió chillando hasta que el grito se tornó ronco y terrible y acto seguido se lanzó hacia ella. Por un momento estuvieron abrazados; casi parecían una pareja de enamorados, hasta que él se encaramó sobre su cabeza, aún chillando y con las facciones desencajadas, y comenzó a atacar la cabeza de ella con extraños golpes que le propinaba con las puntas de los dedos sobre la coronilla. Si bien estos ataques apenas obraron ningún daño de importancia sobre ella, si que lograron el objetivo de desconcertarla. Entonces él intentó mordisquear su cuero cabelludo aprovechando su privilegiada posición, lastimándose en el proceso e incluso partiéndose un incisivo.

Mientras tanto, ella estaba demasiado confundida para saber qué hacer. Él estaba sobre ella, golpeando con las manos y mordisqueando, así que procedió a intentar estrellarlo contra una pared. Comenzó a dar varios pasos cuando de repente el comenzó a atacar sus ojos. Hundió con saña sus sucias uñacas en las cavidades oculares de ella, lastimando gravemente uno de sus ojos. El otro quedó a salvo por un pelo; si no hubiera zarandeado su propio cuerpo probablemente hubiera quedado ciega y a merced de su agresor. Con uno de sus ojos severamente dañado y castigado, consiguió desequilibrarle lo bastante como para poder intentar desembarazarse de su mortal presa. Pero el seguía intentando escarbar en el ojo sano, así que no le quedó más remedio que intentar con todas sus fuerzas arrojar al hombre que, de manera enloquecida, castigaba su rostro a cada golpe de sus infectadas zarpas.

Él había comenzado a desgarrar cartílagos de sus mejillas e incluso se aferró con saña en el interior de la boca de ella. Infructuosamente,  seguía intentando arrojar a su agresor al suelo mientras éste laceraba el tierno interior de su boca; lengua y encías fueron progresivamente tornándose en una masa sanguinolenta. Sus gritos eran cada vez más desesperados e inhumanos y el dolor que ella sentía era indescriptible, además del gran handicap que suponía la ceguera -ya total- de uno de sus ojos.

Entonces el comenzó a hurgar en sus orejas con esos dedazos asesinos culminados en afiladas uñas, ya cubiertas de sangre y tejidos faciales. Entonces fue cuando ella renovó sus esfuerzos por arrojarlo y se lanzó a la carrera ciegamente; no tardaría mucho en toparse con una pared, y así fue. El impacto fue tremendo y se dio un enorme hostión en el hombro, dislocándose de inmediato entre un dolor indescriptible;  y un chasquido que hizo temblar todo su cuerpo como una hoja, pero había logrado su objetivo: la frente de él choco con una de las tuberías que había en la pared, la cual empezó a sangrar profusamente. Ahora estaba aturdido y quizás ella tuviera una oportunidad. Lo primero que pensó fue en escapar, pero al ver como él yacía en el suelo semi-inconsciente pensó en la idea de rematarlo. Así que le metió una patada en los cojones con todas sus fuerzas y buscó un arma que poder usar. De pronto vio un extintor en la pared, lo descolgó y lo arrojó contra el torso de él, que ya comenzaba a levantarse.

La mala suerte quiso que errase el tiro y el extintor dio contra el suelo con un ruido sordo y una explosión de espuma blanca rodeó parte de la estancia; entonces él, con prodigiosa rapidez, agarró una de sus tetas con ambas manos. Comenzó a tironear de manera insana, gritando y chillando y balbuceando incongruencias y riendo como un poseso. El rostro de ella era un mar de lágrimas y la viva imagen de un sufrimiento infinito. Cuando la carne de su pecho comenzó a desgarrarse y amoratarse, de pronto él lanzó un bocado bestial sobre el pecho que aún le quedaba intacto, y comenzó a arrancar cartílagos y escupirlos en cada mordisco. La otra teta no era ya más que un colgajo sanguinolento. Entonces él, en un brusco cambio de táctica le soltó las tetas y arremetió contra ella en un uno-dos-uno-dos directo a la cara de ella, ya carmesí. Eran como una suerte de púgiles enloquecidos, salvo que uno de ellos estaba totalmente intacto, mientras que el rostro de ella no era más que una ruina de carne ensangrentada. Siguió golpeando y en cada puñetazo una lluvia de sangre y cartílagos salía despedida por todas partes. Pronto llegaron a una de las ventanas abiertas y ella fue arrojada como un pelele inerte. La caída hubiera sido limpia de no haber chocado con el tejado de fibra de vidrio que había más abajo, perteneciente a las cocinas. Este, al quebrarse, hizo pedazos el cuerpo de ella, que cayó en gruesos y bastos trozos sobre las ollas y fogones, como si algún dios macabro hubiera arrojado carnaza sobre los humanos que quisieran alimentarse de ella. Estuvieron varias horas recogiendo vísceras, tejidos, huesos rotos y sanguinolentos e incluso parte de la mandíbula no apareció hasta varios días después, oculta en un rincón que no había sido inspeccionado. Todos estuvieron muy contentos con la muerte de ella, especialmente por haber sido tan violenta, y él fue condecorado y vitoreado por su gran labor: había asesinado a esa jodida psicópata de una vez por todas.

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