Lóbregas y desalentadoras emociones.

Log 07. Voy a hacerte trizas (3)

—Pero antes de proceder con mi gran proyecto ¡te joderé por última vez!

Él ya tenía la polla bien tiesa y se la metió hasta el corvejón a traición. Ella estaba totalmente empapada de leche, así que al no haber apenas fricción solo sintió su embestida y un ruido similar a un chapoteo.  Dio unas cuántas culadas y como ya había inseminado su coño lo bastante como para preñarla le sacó la polla y la dirigió directamente a su cara.

—Toma, leche, puta, toma leche, hasta la última gota… voy a correrme, en un instante, uohhhh, ¡¡uaaarrgh!!

Chorritos de tibio esperma salieron disparados con gran fuerza contra el rostro de la preciosa rubia, cayendo algunos de ellos también sobre su deslumbrante cabellera. Su semen era muy cremoso y ella pareció disfrutarlo a pesar de la delicada y trágica situación en la que se encontraba. Entonces él se dio la vuelta, aún en pelotas y apareció ante ella con la jeringa más grande que había visto jamás.

—Ya ha llegado tu hora, cacho puta ¡cacho cerda! Despídete de toda tu belleza, porque te la voy a arrancar de cuajo con todo mi instrumental quirúrgico… ¡de una vez por todas!

Acto seguido hundió con saña la inmensa y goteante aguja sobre una de sus preciosas tetas. Ella aulló de dolor y en cuestión de segundos cayó en el sopor de la anestesia. Todo se iba difuminando paulatinamente, y lo último que pudo atisbar era una polla cuyo glande aún goteaba semen.

Y despertó flotando en un mar de dolor. A pesar de los sedantes y anestésicos, estaba claro que algo andaba mal. No solo sabía a ciencia cierta que carecía de extremidades ya que, a pesar de sentir que aún las tenía, resultaba evidente que habían sido amputadas. Esto le causó una ansiedad sin parangón, pero aún peor fue la ausencia de visión: el hijo de puta no sólo la dejó ciega, sino que directamente extrajo sus globos oculares de sus cuencas, que ahora permanecían totalmente vacías. Sintió un gran dolor en las nalgas y el pecho, ahora inexistentes, pues habían sido cercenados tal y como el prometió. Tampoco escuchó sonido alguno, así que dedujo que la sordera que ahora padecía muy probablemente fuera irreversible a causa de la destructiva intervención. Un escozor inhumano le llegaba directamente desde la entrepierna: la prometida ablación había sido efectuada con éxito, así que también pudo despedirse para siempre de sus otrora intensísimos orgasmos; auténticas bombas de placer que la hacían gritar hasta que las paredes temblaban.

Intentó chillar de desesperación, pero un dolor sordo le atenazó la garganta y la boca, cuyos labios habían desaparecido; parte de la lengua al parecer también, ya que no pudo sentirla en el interior de lo que horas antes era una boca sensual, jugosa y deseable. Un escozor en la garganta la advirtió que posiblemente sus cuerdas vocales también podrían haber sido intencionadamente agredidas por el ágil y enfermizo bisturí de este Mengele de la nueva era. Todo esto fue padeciendo entre un dolor y sufrimiento infinitos, ya al borde de la locura y la desesperación, hasta que sintió el peso macizo de un tipo extremadamente obeso: efectivamente, a pesar de su horrible estado, una legión de enfermos mentales y psicópatas en potencia continuarían violándola repetidamente, y el buen doctor se encargaría de mantenerla con vida el mayor tiempo posible para así prolongar su agonía por siempre jamás.

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